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miércoles, 16 de noviembre de 2011

El poder de la propaganda

¿Es Brasil tan próspero como lo pintan? Cuando uno aterriza en el caótico aeropuerto internacional de Sao Paulo por primera vez en su vida y pasa horas haciendo una cola tras otra; cuando uno se da unos paseos por la inabarcable ciudad y sus variados barrios, tan ricos los unos y tan pobres los otros; cuando uno sufre en carne propia la desorientación del recién llegado ante las encerronas de una burocracia decimonónica…, uno piensa: “Bueno, esto habrá mejorado mucho, pero tampoco es para tanto”. Es la primera impresión.

Cuando uno lleva seis meses en Brasil, ha conocido media docena de sus ciudades y ha pasado la mayor parte de su tiempo tratando de entender y explicar el país, es hora de que se haga la misma pregunta para intentar contestarla con un cierto criterio. La respuesta no varía en lo esencial.
Por un lado, Brasil avanza de manera envidiable. Es un granero y un filón para propios extraños. Dispone de inmensas reservas de materias primas, así como de divisas. Ofrece grandes oportunidades de negocio y de trabajo. Y puede dar valiosas lecciones en cuanto a reducción de las desigualdades.
Por otro lado, Brasil cojea gravemente en materia de educación, sanidad pública e infraestructuras. Su industria es costosa y padece problemas de competitividad. Le falta mano de obra cualificada a espuertas. Es caro hasta decir basta. Y, pese a los avances, mantiene unas diferencias sociales que en Sao Paulo llegan a resultar obscenas. Su sistema fiscal está hipertrofiado, lo mismo que su burocracia, y también su mecánica electoral pide una reforma a gritos.
Es decir, ni tanto ni tan calvo.
En lo que pocos ganan a Brasil es en imagen, sobre todo si se pone en relación con algunas de sus realidades y se comparan éstas con las de otras naciones. El emergente americano aparenta mayor éxito del que, no sólo las impresiones sino también los datos, permiten adjudicarle. Un ejemplo. En los últimos cinco años, Brasil acumuló un crecimiento económico del 22,2%, según las cifras divulgadas por el Fondo Monetario Internacional. No está mal. Pero en el mismo período Argentina creció el 39,2%. ¿Se corresponden estos números con las respectivas famas de estos dos países? La impresión de uno es que no.
Claro que Brasil es la primera de las iniciales de los BRIC; se ha ganado una influencia internacional que los otros países de la región no tienen o han dejado de tener, y puede presumir de otros indicadores macroecómicos que también le dan ventaja. Pero ya se sabe que, a efectos de imagen, tan importante o más que el propio producto es la forma de presentarlo, envolverlo y venderlo. Y, en este sentido, podría decirse que Luiz Inazio Lula da Silva es el mejor jefe de marketing del mundo. O el más notable jefe de prensa de la Historia reciente.
Hace ya casi un año que Lula dejó de ser presidente. El cáncer de laringe que le detectaron hace unas semanas lo tiene ahora a medio gas. Pero en Brasil no hay día en que los medios no hablen de lo que ha dicho o hecho. Su influencia política es incuestionable, por mucho que Rousseff ocupe ya todo el espacio que como presidenta le corresponde y haya hecho valer su personalidad y estilo propios (en especial a la hora de afrontar la corrupción).
Al margen de que se postule o no para el retorno a la presidencia en el 2014 o el 2018 -apuestas no faltan-, el popular ex mandatario mantiene intacta su estela dentro y fuera del país. Normal. Hay que reconocer que Brasil no sería hoy lo que es sin Lula da Silva. Ni lo que es, ni lo que parece. Lula lo hizo, pero también supo venderlo.

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